SEBASTIAN ZUCCARDI: "NO BUSCO HACER EL VINO PERFECTO"

“La mirada franca, la sonrisa permanente dibujada en la cara, el andar simple. La barba de un par de días, los ojos celestes penetrantes. Son las diez de la mañana de un día soleado y el entrevistado, que viajó toda la noche en colectivo desde la ciudad de Mendoza a Buenos Aires, no da muestras de cansancio. Viste ropa informal: jeans, zapatillas marrones de cuero y una camisa celeste. Es un joven enólogo que viene a presentar las nuevas cosechas de sus vinos top, en un almuerzo ante la prensa y también hacer una recorrida por distintas vinotecas y tener entrevistas con distribuidores. Pero eso será al mediodía, a la tarde y a la noche.” comienza la nota del diario Clarin a Sebastián Zuccardi, uno de los más distinguidos y premiados Winemaker Argentino en el mundo.

“Ahora, en un salón del Palacio Duhau, se presta a la charla. Antes de sentarse en un sillón pide café y agua. A la pregunta de qué tal el viaje, contesta que bien, que aprovechó para trabajar, avanzar con unos proyectos y también para dormir un poco. Incansable, Sebastián Zuccardi es tercera generación de bodegueros, o de viticultores, como a él le gusta decir. Agrónomo, primogénito de José Alberto, lleva adelante Zuccardi Wines, los vinos de alta gama de la bodega familiar.

Primeros pasos. Nació en la ciudad de Mendoza y se crió entre las viñas de Santa Rosa y Fray Luis Beltrán, donde está la bodega familiar. “El vino siempre fue parte de mi vida. Con mis hermanos Miguel y Julia andábamos en bicicleta por los viñedos. Ahora, no hubo un mandato familiar de nuestros padres que nos presionara para hacer esto o lo otro. Nos dieron la posibilidad y la libertad de elegir. Yo empecé a estudiar agronomía en el Liceo Agrícola. En ese momento no tenía muy decidido qué quería hacer. Era un colegio de la universidad, muy bueno. Durante el secundario me empecé a dar cuenta de que me gustaba la agricultura, pero hubo un período entre los 13 y los 16 años en que no iba a la finca y mis padres nunca me dijeron ‘tenés que venir’. Esa posibilidad de elegir mi camino hace que si hoy estoy hablando con vos es porque yo lo elegí. Si llego a los 50 años y no estoy contento con mi vida, no le puedo echar la culpa a nadie”, dice, contundente.

Los comienzos. Su primera incursión con el vino propiamente dicho fue en el secundario. Junto a un grupo de amigos empezó un proyecto de espumantes, que con el tiempo se transformaría en Alma 4, un emprendimiento que aún continúa con los mismos integrantes: Mauricio Castro, Agustín López y Marcela Manini, que también es su compañera y la madre de sus dos pequeñas hijas, Helena e Isabel. “Cuando terminé el secundario tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: estudiar agronomía, no enología. Sentía que mi lugar era más en el viñedo que en la bodega. Como en mi familia no se hacían espumantes propuse hacerlos: fue clave porque empecé mi propio proyecto y al no hacer espumantes en la familia, no competía con nadie. Estaba creando. Y lo que iba a hacer era Sebastián en Alma 4. Me dio identidad. Me acuerdo que mi padre me dijo, ‘del viñedo al mercado. Hay que hacer las botellas y salir a venderlas’. La primera producción no fermentó. Al año me tocó venir a Buenos Aires a contarlo. Me dieron los contactos para venderlos y eso me permitió entender toda la cadena productiva.”

Después, poco a poco, se fue metiendo más y más en la estructura familiar de la bodega. Un momento de quiebre, dice, fue en 2009, cuando crearon el Area de Investigación y Desarrollo. Y comenta que la nueva bodega, sin saberlo, la empezaron a construir ahí. “Una de las grandes virtudes de la familia es que está llena de proyectos. Empezamos a dividir los viñedos por tipos de suelo. Compramos fincas en Gualtallary, Altamira, sentía confianza en esas zonas. Con las etiquetas Aluvional, en 2008, comenzamos a ver hacia dónde íbamos. Empezamos a buscar vinos con unicidad, con identidad. No busco hacer el vino perfecto, sí un vino que hable del lugar. Lo más importante del proyecto es que está inspirado en la montaña. Hacemos vinos de montaña. El suelo, el riego, el clima son de Cordillera. Buscamos una bodega que fuera del lugar. Desde la forma de hacer vinos, no hay nada novedoso, hacemos los vinos en hormigón sin pintura epoxi, con formato de maderas más grandes, fudres de 200 litros, buscábamos un lugar donde nos sintiéramos cómodos. Para mí, hacer vinos es una experiencia de vida.”

Persistente como buen taurino, a lo largo de la charla, vuelve a reafirmar conceptos, ideas. Dice que la viticultura es una actividad de generaciones. Su abuelo fue el encargado de fundar la empresa, plantar los viñedos; la generación de su padre tenía la tarea de corregir los vinos que se hacían, hacer vinos de calidad y salir a contarlo al mundo. “Mi generación tiene la misión de darle más sentido de lugar, de unicidad, de personalidad. A la generación que venga después de la mía hay que darle más herramientas de las que nosotros tuvimos.”

Viajar, conocer, aprender. “Hace poco regresé de Tenerife, adonde fui a ver viñedos. Me apasiona viajar. Pensaba que en los viajes iba a aprender técnicas y me di cuenta que lo importante era entender cómo los productores miraban el viñedo y después hacían el vino. Cosas que había visto en un viaje las entendía cinco años después. Mucho de lo que sé lo aprendí así. Me gusta ir a las zonas donde cultivan distinto, nos tenemos que nutrir de todas estas energías. Estos nuevos lugares (para nosotros) son los que ayudan a repensar lo que estamos haciendo.”

Reconocido con menciones internacionales, la publicación The Drink Business International lo incluyó entre los 30 enólogos jóvenes más influyentes y en 2016 el crítico de vinos y master wine inglés Tim Atkin lo designó como Winemaker del Año en Argentina. Integrante de una generación –junto a Alejandro Vigil, los hermanos Michelini, Matías Riccitelli, Alejandro Sejanovich, Edy del Popolo– que empezó a hacer vinos “distintos”, Sebastián dice con respecto a las modas en la industria del vino: “A mí no me gustan. Hay que tener cuidado. Cuando dicen ‘qué viene después del malbec’, decimos ‘más malbec’, comunicado desde otro lugar, desde la expresión del productor. Ahora estamos hablando sólo de lugar. El vino es lugar, clima y gente. Los vinos no deben hacerse de tal o cual manera. El vino es diversidad. En una época se hacían vinos con mucha madera porque el mercado lo pedía, por suerte ahora tenemos más confianza en nuestros lugares, en nuestra potencialidad y la energía que irradian. Hay que salir al mercado a contarle y convencerlo de esto. El mundo cambió y el futuro está en la personalidad. Hacer vinos es un sueño, mi energía, mi pasión. Es una experiencia de vida.”

Los fines de semana, o cuando tiene tiempo libre, también los dedica al proyecto Cara Sur.Barreal, que lleva adelante junto a Marcela y Pancho Bugallo y Nuria Añó, un emprendimiento en San Juan, donde en unos viñedos en la precordillera, a 1.600 metros, elabora vinos con uvas criolla y moscatel de plantas de 80 años.

Lector de Hermann Hesse, el rock es su música, pero en los últimos meses el tango le está pegando fuerte. Ex jugador de handball, se reprocha un poco no tener demasiado tiempo para la práctica de deportes. Pero hoy por hoy lo que más disfruta es beber vino y la buena mesa. Y, claro, de sus hijas. Y para no salirse de su metier, dice que desde que es padre adquirió otra sensibilidad y eso le hace hacer mejores vinos.”

Fuente: Diario Clarín.